Basta imaginarla en escena. De negro, erguida, con Los Gemelos a un lado y una canción esperando su turno. No hacía falta más.

Entraba la guitarra, ella dejaba pasar un segundo, miraba al frente y empezaba a cantar como quien abre una puerta antigua. En esa pausa estaba su misterio. En esa voz estaba su casa. Y en cada canción quedaba la certeza de haber escuchado a una artista que convirtió la sobriedad en emoción y la emoción en memoria.

Autor del programa Jorge Placek

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